El oficio teatral

A Pepe Albert

El oficio teatral es, junto a otros de “dispersa moralidad”, uno de los más antiguos del mundo.
Uno de ellos, ya se imaginarán cual, se realiza en un burdel y el otro sobre un escenario. En ambos casos el único objetivo es ofrecer placer. El placer justo para llenar el estómago, saciar la sed y sentir que nuestra energía se renueva.
Pero, también es cierto que existe una clara diferencia entre ambos: si en el primero el placer es meramente físico y biológico; en el segundo el placer es para la mente, el espíritu y el alma. Todo lo que conforma la verdadera esencia del ser humano.

Hacemos teatro, vivimos el teatro y disfrutamos del teatro porque, en fondo, necesitamos encontrarnos y entendernos en esta vorágine que es la propia vida.
Por eso hay que ser muy valiente para sobrevivir al tránsito de este oficio vistiéndose con la piel, la voz y el alma de vidas ajenas.
Hay que ser muy valiente para ser actor.
Pero, sobre todo, hay que ser muy valiente, y muy generoso, para conseguir que ese mutis por el foro, sea tan perfecto, que conmueva las fibras de nuestro corazón y se manifieste a través de los aplausos. Es ahí donde el teatro cobra vida y encuentra su razón de ser.

Para el Grupo de Teatro de Aulas de la Tercera Edad, y para mí, personalmente, ha sido todo un honor contar con tus consejos, con tus aprobaciones, con tu larga experiencia y, sobre todo, con tu respeto por una labor de la que intentamos aprender día a día.

Gracias Pepe, amigo, por enseñarme tantas cosas.
Gracias, por resistir y persistir.
Te llevo en el corazón. Te quiero.

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Yo también te creo

No es No

Lleva cuidado.
Vuelve pronto.
Pide que te acompañen.
No sonrías demasiado o pensarán que quieres algo más que ser educada.
Bájate el dobladillo de la falda.
Alarga las mangas y escóndete el pecho.
No te diviertas, porque creerán que eres fácil.
No seas feliz, porque también creerán que eres fácil.
No seas mujer, porque ellos siempre creen que eres fácil.
Yo también he sido violada,
vilipendiada, ultrajada, mancillada, deshonrada, violentada y atropellada
por un país en el que la justicia acaba de fallecer
en el mismo vértice de un coro fálico de descerebrados.
Yo también te creo.
Estoy contigo.
Estamos hechas del mismo barro.

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Reflexión para una Navidad difusa

Estamos hechos de humo,
volutas de purpurina y nicotina,
llegadas y despedidas,
risas y llantos.

Estamos tiznados con el barro del Génesis
y las brasas del Holocausto.

Poseemos el don del gusano,
el alma del roble
y la eternidad de un copo de nieve.

Sólo somos el aliento que se queda prendido
en el labio amante,
en ese segundo preciso de un éxtasis lírico
y apenas percibido.

Somos, apenas, un placer errante
en la calentura inmediata de Dios.

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No existen


Chus, espéranos.
No existen los días iguales.
Cada segundo lleva impreso un aroma a distinta ingenuidad, a díscola aventura a enamorado vértigo sobre la cima del mundo.
No existen ojos iguales.
Cada iris regala unos paisajes distintos, con sus barrancos profundos con sus valles preñados de amapolas y botón de almendro.
No existen personas iguales.
No existen.

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Asesino

Un asesino es un asesino.
No es un hombre.
No es un amante.
No es un hijo.
No es un padre.
No es un amigo.
No es un vecino.

Un asesino es un asesino.
No es una enfermedad.
No es una herencia genética.
No es un problema transitorio.
No es un despiste psicológico.
No es una aventura transitoria.
No es una quemazón en la conciencia.
No es un impulso repentino.

Un asesino es un asesino.
Un ASESINO.

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Todos tenemos muertos y, también, vivos

Todos tenemos muertos a los que honrar y mostrar nuestro más íntimo recuerdo.
Ellos sólo necesitan silencio y respeto.

Todos tenemos vivos a los que amar y besar.
(Y también regalar flores, de vez en cuando,
y hacer real nuestro más veraz respeto.)

Todos tenemos una vida antes y después.
Todos tendremos una vida y una muerte.
Lo que hoy es pura vanidad,
mañana será polvo y olvido perpetuo.

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Cuando llegaron las banderas


Cuando llegaron las banderas yo ya estaba allí.
Todos estábamos allí.
El ser humano está fabricado de lino, de algodón y melaza de hilo.
Luz vegetal blandiendo la espada lunar de los deseos.
Gusanos de la seda y el desencanto
tejidos sobre uniformes de patrones desvencijados.
Impasibles volutas de pasiones desbordadas entre la lana del olvido.
Somos fibras,
fibras de amor,
fibras del llanto inmaculado de la esperanza.
Cuando llegaron las banderas, el odio y las fronteras,
yo ya estaba allí.
Todos estábamos allí.

Foto | Onda Cero

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Mañana… nos espera París


Yo soñé un día con Bogart en un aeropuerto.
Con Amelie comiendo frambuesas.
Con Edith Piaf desbordando su vida-alma sobre el pentagrama de su falda infinita.
Yo quería subir a la Torre Eiffel,
besarme al lado del Sena
y aprender la sonrisa de la Mona Lisa,
tan pulcramente desbordada.

Yo quería traspasar la frontera y llegar hasta la bohemia perpetua de los enamorados.
Yo no he ido nunca.
Tampoco lo necesito.
Mañana esa parte enamorada de mi esperanza lo hará por mí.
Yo vivo si tú vives.
Estamos vivas.
Somos futuro.
Nada perece, salvo el desaliento.

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A tu lado

Hay personas que van y vienen.
Que se solapan con las prisas o se esfuman entre el humo de los días iguales.
Seres humanos que se olvidan.
Animales racionales que se llenan de moho sobre el musgo infecundo de la desidia.
Hay vidas que no deben repetirse y amores que acaban enterrados en el llanto.
Sin embargo,
hay eternidades que se contagian con un beso,
con el nimio aleteo de un abrazo,
con la postrera mirada de un segundo.
Esa es la magia del amor.
Si volviera a nacer, seguiría queriendo estar a tu lado.

Feliz cumpleaños, Sango

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No queda espacio


No queda espacio para la risa.
No queda espacio para el amor.
No queda espacio.
No queda.
No.
Sólo somos el espécimen imperfecto de un barro inventado en el laboratorio de un credo.
Nos ha robado la dignidad,
el silencio y la sonrisa.
Sólo somos el eco desolado
de una muerte que se renueva cada día.
No queda espacio para la risa.
No queda espacio para el amor.
No queda espacio.
No queda.
No.

Foto | Taringa

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